He salido esta tarde como hacía tiempo que no salía. Simplemente a comprar el periódico. El camino era corto pero olía a recuerdos. Eran las siete de una simple tarde de otoño y, como decía Borges, los contornos de las figuras se hacían borrosos debido a la proximidad de la noche. También se veía borroso mi contorno, pues no soy aquella que cruzaba la calle peatonal tres años atrás. No sé qué ha quedado de esa persona y qué quedará dentro de diez años. No sé qué será de esas personas que pasan las tardes en los veladores observando a sus hijos mientras ven a gente como yo pasar. No sé qué será de la calle peatonal ni de sus bancos, ni sus tiendas, pero por mucho que pase el tiempo hay cosas que nunca cambiarán; como los niños molestos cuando pasas, porque tienen que parar su juego. Esos niños que ahora están todo el día en la calle y dentro de unos años no tendrán ni tiempo para jugar, ni para verse, para ir a comprar el periódico... esos niños que un día serán esa persona por la que tienen que parar el balón, esos niños que algún día serán yo
